jueves, 24 de noviembre de 2016

Égloga fúnebre a tres voces y un toro para la muerte de un poeta

                  A la memoria de Miguel Hernández

Voz 1: Antonio Machado
Voz 2: Federico García Lorca
Voz 3: Miguel Hernández
Un toro


                  * * *
(Lo que ya sucedió y aquí sucede
sucede todo junto a un lento río
donde flota la vida de la muerte.
La tierra que divide ya no es tierra,
que es taladro, garganta solamente
para tragar la muerte de la vida,
para tapar la vida de la muerte.
Lo que pasa por él es lo que pasa,
lo que enmudece en él, lo que enmudece.
Si la vida no vive, en él no vive;
si sí la muerte, en él sólo la muerte.
Fijo en sus ondas, que no van al mar;
Fijo en su brisa, que ni va ni viene.
Crecido sólo si la vida baja,
sólo crecido si la muerte crece.)

                  I
En el principio eran las alas, eran
los aprendices ramos voladores.
Eran las plumas en el primer día,
que relámpagos súbitos nacieran.
En estado de pájaro se abría
la luz y en situación también de flores.
Podía abrir, cerrar de ruiseñores
la flor del limonero
y el naranjal morirse de zorzales.
Podía el corazón lo que quería.
En el principio eran las alas, pero
también, en el principio, la alegría.

Voz 1
Yo fui "aprendiz de ruiseñor".

Voz 2
Mi frente
lo fue de montes y cabalgaduras.

Voz 3
Yo vine a ser, vine a nacer simiente,
bulbo, raíz, tirón para el arado.

Voz 1
Mi canto, estopa.

Voz 2
El mío, escarpaduras.

Voz 3
De tierra, el mío, por desterrado.
(Un toro derribado,
junto a la orilla,
herido.
Su piel son agujeros
de sangre rota y penas,
por los que asoma y brilla
entumecido
un pasado de azules ganaderos
hoy de mordaza y de cadenas.)

El toro
En el principio, la alegría. Entraba,
de poder a poder, volcado, abierto
mi corazón al mar, desmesurándolo
hasta el mismo nivel de las estrellas.
Subí a cumbres celestes los navíos,
a riberas lunares mis orillas.
Llegó a ignorar el hombre de las playas
si eran sus arenales los del cielo.
Recamado de huertas y jardines,
me trasplanté, toro floral, pacífico,
enredadas las astas de granados,
escaleras arriba de las nubes.
Al hombre de la esteva y la guadaña
lo empiné a eternas, verdes maravillas
de onduladas alturas candeales.
En los patios tranquilos, las mujeres
no lloraban la ausencia de los niños
ni la del tordo que hospedó la jaula.
De la cola a los cuernos me fluían
pueblos empavesados de hermosura.

Voz 1
Alas mi voz, se me escapó de un río
del que siempre volé de tu llanura,
cuando me fui quedando
vida de sombra, romeral bravío,
humo de piedra, espliego divagando;
cuando mi clara voz se hizo neblina
y se me fue pasando
de rama verde de olivar a encina.

Voz 2
Potro de monte, ciervo despeñado
por los desfiladeros
de una luna perdida en un camino;
clavel disciplinado, castigado
a ser por tristes molineros
harina muerta de molino.
¡Oh voz, oh limpia voz de escarpadura,
oh jinete de céfiro, oh destino
de brisa malograda y prematura!

Voz 3
Voz de tierra, mi voz se me salía,
de raíces y entrañas, polvorienta,
seca de valles, seca de sequía,
amarilla de esparto, amarillenta.
Suplicante de alcores
y frescos desniveles de ribazos,
de ser de altura y regadía,
me derramé, sangrienta,
acribillándome de flores
y de abejas los brazos.

Voces 1, 2 y 3
¡En el principio era la alegría!

El toro
Pero un mal viento la hizo mil pedazos.

(Aquí el río espesó súbitamente,
suplicándole ahogado a sus orillas
crecieran piedras contra tanta muerte.
Era la vida humana sin la vida,
era la vida humana con la muerte.
Cuando más suplicaba, un soplo helado,
una triste parálisis creciente,
un rígido temblor, un distendido
detenimiento lo estiró de muerte.
Era la muerte viva de la vida,
era la muerte muerta de la muerte.)

                  II
Voz 1
Se abrió y creció la tierra ensangrentada,
la pobre tierra de alto nombre: madre;
la tierra natural, la tierra honrada.
—Quiero gritar.
        Y se detuvo el aire.
—Hervir.
        Y se le heló la lengua al agua.
—Bramar.
        Y el viento se desplomó en sauce.
—Ver.
        Y empalidecieron las ventanas.
—Correr.
        Y ya las calles no eran calles.
—Llorar.
        Y el río no corría lágrimas.
—Morir.
        Y era la muerte inhabitable.
—Maldecir.
        Y eran plomo las gargantas.
—Matar.
        Y hasta las vidas ya eran fuentes de sangre.

El ancho toro abierto tundido coleaba,
arrancándose en troncos de varones y árboles.
Nunca vi un corazón crecer más encumbrado,
ni a un toro en pleamar verterse en pleamares.

Yo levanto mi angustia, mi aliento encanecido,
nostálgico de balas y sueños capitanes.
Diez muertes que brotaran mis diez dedos serían
pocas contra la muerte de una luna tan grande.

(Aquí ya ni a la piedra de la orilla
lo consideró piedra la creciente.
Era una sangre blanca y desmedida
la que entró helando el cauce de la muerte.
Le dolían subir, pies sobre ella,
cosas que juntas estuvieron siempre:
un caballo sin hombre, una veleta
sin torreón, un álamo sin nieve,
una boca sin ojos, una cuna
sin niño chico, una mujer sin vientre,
marismas sin ganados, olivares
ya sin montes, sin viento y sin aceite.)

Voz 3
Me rompe oírte y mata verte
toro de cólera y de luz,
amenazado hasta la cruz
por ese estoque de la muerte.
Me arranco todo de la lana,
me quito ovejas y panales,
en ti me desemboco y me destilo
reciente, neto de mañana,
descarnado de filo,
voluntario de erales.

Ese violento hilo
que me agarra a la tierra y que me engrana
a sus raíces, entreabriendo
voz de maíz a mi costado,
de amapola a mis dientes,
se me descuaja de un tirón, poniendo
sobre tus hombros un soldado
de leales simientes.

Va en mi sueño el ganado
y la cigarra de la era;
va el tejo de la honda pasajera
con el glacial cuchillo cachicuerno;
la relampagueadora
segadora guadaña;
va también con mi vida a la trinchera
la dulzura de un tierno
recental escondido en mi entraña.

Voz 1
Y así te vi subir en primavera
toro-laurel, toro-laurel de invierno,
toro-laurel de otoño y de verano.

Voz 3
Nunca hubo fiera más florida,
nunca más verdes capiteles,
ni cielo que intentara con la mano
tapar más ancha herida
de laureles, laureles y laureles.

Voz 1
Nunca la vida fue más vida.

Voz 3
Los hombres, más hermosos ni más fieles.

(Aquí el toro empezó a sufrir de sombra,
de soledad y casi de abandono.
Un frío extraño le invadía el ruedo,
un calculado sol lo declinaba.)

                  III
(Y entró el tiempo en el tiempo de los ayes:
—¡Ay! (Portalazos en el mar.) ¡Ay! ¡Ay!
—¡Ay! (Por las torres aterradas.) ¡Ay!
—¡Ay! (Resplandores repentinos.) ¡Ay!
—¡Ay! (Por las alacenas y los pulsos)
—(Por los subsuelos sin salidas.) ¡Ay!
—(Por las conciencias y la noche.) ¡Ay!
—¡Ay! (Juramentos y descargas.) ¡Ay!
—(Mofa y mal vino sin cuartel.) ¡Ay! ¡Ay!
—(Cunas al vientre de los pozos.) ¡Ay!
—(Por los relojes trascordados.) ¡Ay!
—¡Ay! (Por los hospitales sin heridos.)
—¡Ay! (Piquetes.) ¡Ay! (Llaves.) ¡Ay! (Cerrojos.)
—¡Ay! (Manteles.) ¡Ay! (Sillas solas.) ¡Ay!
—(Zanjas y zanjas.) ¡Ay! (Pálidos muros.)

El toro
¡Ay! (Soledad.) ¡Ay! (Jaramagos.) ¡Ay!

Voz 2 (desde el río)
La va tarde va de huida por escaleras granas,
y por la mar un toro, desvanecido, a rastras,
bajo un redoble mustio de espumas y retamas.
Sube mi sangre, niño, del valle a la montaña.

En el principio eran las alas...

Voz 1 (desde lejos)
Yo me dejé olvidados los ojos en mi casa;
la voz, perdida y sola sobre provincias altas.
Quiero para morirme mis ojos, mi garganta.
¿No ves que me alejan a tumbos esas aguas?
Quita mi muerte, niño, de estas tierras extrañas.

En el principio eran las alas...

Voz 3
Amigos: ya las piedras y los cardos me llaman.
Premeditadamente, la sombra pica en calma
los materiales hoyos y dientes de sus ansias.
¡Ay, qué retardo y fría lentitud de mortaja!

En el principio eran las alas...

(El toro aquí se fue doliendo
de punzadoras alambradas,
de patios duros donde hasta el sol era
un ojo agónico, entreabriendo
sobre tantas volcadas
flores, un lagrimal de olvido y cera.)

Voz 3
Que avisen pronto a mi casa.
Tengo que arar de madrugada.

Varón, varoncito grande.
Que a él no le digan que lo saben.

Paloma revoladora.
¡Aire, que vuela ya la sombra!

Mordidos suelos helados.
Tengo que hablarle pronto al campo.

Vara de nieve en los huesos.
... que conversar con el almendro.

Sangre que ni cama tienes.
... gavillar ramos de laureles.

Ni dormir ni despertarse.
Adonde quieras tú llevarme.

Pena de torre y ventanas.
Éramos diez, nueve me faltan.

Ni va la arena ni el árbol.
¿Es que no hay mar para los barcos?

Fiebre de luz, alta fiebre.
¿Es que la mar ya ni se mueve?

¡Ay toro de desvarío!
¿Es que no tengo ya ni amigo?

Toro de locura y aire.
¿Es que no tengo ya ni sangre?

Toro de martirio y sueño.
¿Es que no tengo ya ni cuerpo?

Toro de silencio y alma.
¿Es que no tengo ya esperanza?

Toro de muerte y abandono.
¿Es que no tengo ya ni toro?
¿Es que no tengo ya ni toro?
¿Es que no tengo ya ni toro?

(Aquí el toro gritó, crujió tan fieramente,
como si con garganta de monte, si con lengua
de borrasca o con pozos de truenos se pudiera.
Tan herido y tan duro, que hasta en el río exánime
tembló helado papel la cara de la muerte,
subiendo a torrenciales auroras los olivos
y a festones de luz el mar enguirnaldado.
Fue como si de pronto un boreal augurio,
una alegre catástrofe sin fin se derramara
bajo los delirantes abrazos de los puentes.)

Rafael Alberti: Pleamar (1924-1944) (1944)

Versións:
Antonio Portanet: Égloga fúnebre; Muertes; 1978; Lado B, Corte 2

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