domingo, 28 de septiembre de 2014

La sangre derramada

¡Que no quiero verla!

Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.

¡Que no quiero verla!

La luna de par en par.
Caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras.


¡Que no quiero verla!
Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!


¡Que no quiero verla!

La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.
No.
¡Que no quiero verla!


Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!

No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
¡Quién me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea!

No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes,
mayorales de pálida niebla.

No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada,
ni corazón tan de veras.
Como un río de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
¡Qué buen serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!


Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando:
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos,
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.
¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
No.
¡Que no quiero verla!
Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No,
¡Yo no quiero verla!


Federico García Lorca: Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (1935)

Versións:
Margarita Xirgu: Llanto por Ignacio Sánchez Mejías; Federico García Lorca por Margarita Xirgu; Col. Los poetas, nº1; Buenos Aires; 1959*; Lado 2, Corte 5



Paco Rabal: La sangre derramada; García Lorca: Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Ediciones El Siglo de Oro, nº 101; 1962**; Cara A, Corte 2



Jarcha: Llanto por Ignacio Sánchez Mejías***; A la memoria de Federico García Lorca; 1984; Pista 5



Alfredo Arrebola: La sangre derramada (Malagueña); Tríptico poético; 1999; Pista 2



Alfredo Arrebola: No hubo príncipe en Sevilla (Peteneras); Tríptico poético; 1999; Pista 3



Alfredo Arrebola: Oh negro toro de pena (Martinete y Debla); Tríptico poético; 1999; Pista 4



*[Descoñecemos a data real de publicación deste disco, ainda que coidamos foi entre os anos 1957 e 1959 (entre a súa renuncia ás direccións da Escola Municipal de Arte Dramático de Montevideo —EMAD— e da Comedia Nacional do Uruguay, e a interpretación que fixo a actriz da parte recitada da cantata Llanto por Ignacio Sánchez Mejías do compositor Mauricio Ohana).]
**[Son cunha mala calidade. Non dispoñemos doutra copia mellor.]
***[A versión musical do grupo Jarcha está composta polos derradeiros 4 versos do primeiro poema da obra: La cogida y la muerte; a maior parte do segundo poema da obra: La sangre derramada, e; os derradeiros 4 versos do último poema da obra: Alma ausente.]

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