viernes, 30 de abril de 2021

Señor gato

Señor Gato:
atención;
no rincón
hai un burato;
no burato
está o rato
caladiño,
acochadiño,
sen falar
nin respirar.

—Señor Gato,
pon sentido
que metido
no burato
está o rato.

—Señor Gato:
está o rato
no burato
do rincón:
¡ten nun puño
o corazón!

—Eu non dudo,
Señor Gato
bigotudo
que está o rato
no burato.
Ten as unllas
afiadas,
cravuñadas,
preparadas:
bule axiña
que senón
Señor Gato
bigotón,
¡do burato
fuxe o rato!

Manuel María: Os soños na gaiola (1968)

Versións:

Na Virada: Sr. gato, atención; Rolada das cantigas; 2002; Pista 6




Uxía Senlle: Señor gato; Andando a terra. Uxía canta a Manuel María; 2013; Pista 8

lunes, 26 de abril de 2021

Los hombres

Como la copa de la arcilla era
la raza mineral, el hombre
hecho de piedras y de atmósfera,
limpio como los cántaros, sonoro.
La luna amasó a los caribes,
extrajo oxígeno sagrado,
machacó flores y raíces.

Anduvo el hombre de las islas
tejiendo ramos y guirnaldas
de polymitas azufradas,
y soplando el tritón marino
en la orilla de las espumas.

El tarahurnara se vistió de aguijones
y en la extensión del Noroeste
con sangre y pedernales creó el fuego,
mientras el universo iba naciendo
otra vez en la arcilla del tarasco:
los mitos de las tierras amorosas,
la exuberancia húmeda de donde
lodo sexual y frutas derretidas
iban a ser actitud de los dioses
o pálidas paredes de vasijas.

Como faisanes deslumbrantes
descendían los sacerdotes
de las escaleras aztecas.
Los escalones triangulares
sostenían el innumerable
relámpago de las vestiduras.
Y la pirámide augusta,
piedra y piedra, agonía y aire,
en su estructura dominadora
guardaba como una almendra
un corazón sacrificado.
En un trueno como un aullido
caía la sangre por
las escalinatas sagradas.
Pero muchedumbres de pueblos
tejían la fibra, guardaban
el porvenir de las cosechas,
trenzaban el fulgor de la pluma,
convencían a la turquesa,
y en enredaderas textiles
expresaban la luz del mundo.


Mayas, habíais derribado
el árbol del conocimiento.
Con olor de razas graneras
se elevaban las estructuras
del examen y de la muerte,
y escrutabais en los cenotes,
arrojándoles novias de oro,
la permanencia de los gérmenes.

Chichén, tus rumores crecían
en el amanecer de la selva.
Los trabajos iban haciendo
la simetría del panal
en tu ciudadela amarilla,
y el pensamiento amenazaba
la sangre de los pedestales,
desmontaba el cielo en la sombra,
conducía la medicina,
escribía sobre las piedras.

Era el Sur un asombro dorado.
Las altas soledades
de Macchu Picchu en la puerta del cielo
estaban llenas de aceites y cantos,
el hombre había roto las moradas
de grandes aves en la altura,
y en el nuevo dominio entre las cumbres
el labrador tocaba la semilla
con sus dedos heridos por la nieve.


El Cuzco amanecía como un
trono de torreones y graneros
y era la flor pensativa del mundo
aquella raza de pálida sombra
en cuyas manos abiertas temblaban
diademas de imperiales amatistas.
Germinaba en las terrazas
el maíz de las altas tierras
y en los volcánicos senderos
iban los vasos y los dioses.
La agricultura perfumaba
el reino de las cocinas
y extendía sobre los techos
un manto de sol desgranado.


(Dulce raza, hija de sierras,
estirpe de torre y turquesa,
ciérrame los ojos ahora,
antes de irnos al mar
de donde vienen los dolores.)

Aquella selva azul era una gruta
y en el misterio de árbol y tiniebla
el guaraní cantaba como
el humo que sube en la tarde,
el agua sobre los follajes,
la lluvia en un día de amor,
la tristeza junto a los ríos.

En el fondo de América sin nombre
estaba Arauco entre las aguas
vertiginosas, apartado
por todo el frío del planeta.
Mirad el gran Sur solitario.
No se ve humo en la altura.
Sólo se ven los ventisqueros
y el vendaval rechazado
por las ásperas araucarias.
No busques bajo el verde espeso
el canto de la alfarería.


Todo es silencio de agua y viento.

Pero en las hojas mira el guerrero.
Entre los alerces un grito.
Unos ojos de tigre en medio
de las alturas de la nieve.


Mira las lanzas descansando.
Escucha el susurro del aire
atravesado por las flechas.
Mira los pechos y las piernas
y las cabelleras sombrías
brillando a la luz de la luna.


Mira el vacío de los guerreros.

No hay nadie. Trina la diuca
como el agua en la noche pura.


Cruza el cóndor su vuelo negro.

No hay nadie. Escuchas? Es el paso
del puma en el aire y las hojas.


No hay nadie. Escucha. Escucha el árbol,
escucha el árbol araucano.


No hay nadie. Mira las piedras.

Mira las piedras de Arauco.

No hay nadie, sólo son los árboles.

Sólo son las piedras, Arauco.

Pablo Neruda: I. La lámpara en la tierra. Canto General (1950)

Versións:

Aparcoa e Mario Lorca: Culturas andinas: melodía andina 1; Canto General; 1971; LP1, Lado 1, Corte 2




Mario Lorca e Aparcoa: Arauco: Aire araucano para trompe; Canto General; 1971; LP1, Lado 1, Corte 3

jueves, 22 de abril de 2021

Sentimientos de ausencia, a imitación de Garcilaso

Señora mía, si de vos ausente
en esta vida duro, y no me muero,
es porque como y duermo, y nada espero,
ni pleiteante soy, ni pretendiente.

Esto se entiende, en tanto que accidente
no siento de la falta del dinero,
que entonces se me acuerda lo que os quiero,
y estoy perjudicial y impertinente.

Sin ver las armas, ni surcar los mares,
mis pensamientos a las Musas fío,
sus lyras son mis cajas militares.

Rico en hibierno, y pobre en el estío,
parezco en mi fortuna a Manzanares,
que con agua, o sin ella, siempre es río.

Lope de Vega: Rimas humanas (1609)

Versións:

Ángel Corpa: Señora mía…; Cansonetos; 2007; Pista 9

miércoles, 21 de abril de 2021

Llegan al Mar de México (1943)

                              III

          A Veracruz va el viento asesino.
          En Veracruz desembarcan los caballos.
          Las barcas van apretadas de garras
          y barbas rojas de Castilla.
          Son Arias, Reyes, Rojas, Maldonados,
          hijos del desamparo castellano,
          conocedores del hambre en invierno
          y de los piojos en los mesones.

          Qué miran acodados al navío?
          Cuánto de lo que viene y del perdido
          pasado, del errante
          viento feudal en la patria azotada?

          No salieron de los puertos del Sur
          a poner las manos del pueblo
          en el saqueo y en la muerte:
          ellos ven verdes tierras, libertades,
          cadenas rotas, construcciones,
          y desde el barco, las olas que se extinguen
          sobre las costas de compacto misterio.

     Irían a morir o revivir detrás
     de las palmeras, en el aire caliente
     que, como en horno extraño, la total bocanada
     hacia ellos dirigen las tierras quemadoras?
     Eran pueblo, cabezas hirsutas de Montiel,
     manos duras y rotas de Ocaña y Piedrahíta,
     brazos de herreros, ojos de niños
     que miraban el sol terrible y las palmeras.

El hambre antigua de Europa, hambre como la cola
de un planeta mortal, poblaba el buque,
el hambre está allí, desmantelada,
errabunda hacha fría, madrastra
de los pueblos, el hambre echa los dados
en la navegación, sopla las velas:
«Más allá que te como, más allá,
que regresas
ala madre, al hermano, al juez y al cura,
a los inquisidores, al infierno, a la peste.
Más allá, más allá, lejos del piojo,
del látigo feudal, del calabozo,
de las galeras llenas de excremento».

     Y los ojos de Núñez y Bernales
     clavaban en la ilimitada
     luz el reposo,
     una vida, otra vida,
     la innumerable y castigada
     familia de los pobres del mundo.

Pablo Neruda: III. Los Conquistadores. Canto General (1950)

Versións:

Aparcoa: Veracruz; Canto General; 1971; LP1, Lado 1, Corte 6

Sentados frente al fuego

Sentados frente al fuego que envejece
miro su rostro sin decir palabra.
Miro el jarro de greda donde aún queda vino,
miro nuestras sombras movidas por las llamas.

Ésta es la misma estación que descubrimos juntos,
a pesar de su rostro frente al fuego,
y de nuestras sombras movidas por las llamas.
Quizás si yo pudiera encontrar una palabra.

Ésta es la misma estación que descubrimos juntos:
aún cae una gotera, brilla el cerezo tras la lluvia.
Pero nuestras sombras movidas por las llamas
viven más que nosotros.

Sí, ésta es la misma estación que descubrimos juntos:
—Yo llenaba esas manos de cerezas, esas
manos llenaban mi vaso de vino—.
Ella mira el fuego que envejece.

Jorge Teillier: Para ángeles y gorriones (1956)

Versións:

Acero de invierno: Sentados frente al fuego; Aldea invisible; 2018; Pista 8



*[Agradecemos efusivamente a Andrés Pulgar, membro do grupo Acero de invierno, que nos achegara este adianto do seu novo álbum discográfico: Aldea invisible, de próxima publicación. Excelente versión, como o resto do disco. Parabéns.]

martes, 20 de abril de 2021

Las haciendas

                    XV
            Intermedio 2

La tierra andaba entre los mayorazgos
de doblón en doblón, desconocida,
pasta de apariciones y conventos,
hasta que toda la azul geografía
se dividió en haciendas y encomiendas.
Por el espacio muerto iba la llaga
del mestizo y el látigo
del chapetón y del negrero.
El criollo era un espectro desangrado
que recogía las migajas,
hasta que con ellas reunidas
adquiría un pequeño título
pintado con letras doradas.


Y en el carnaval tenebroso
salía vestido de conde,
orgulloso entre otros mendigos,
con bastoncito de plata.


Pablo Neruda: IV. Los Libertadores. Canto General (1950)

Versións:

Mario Lorca e Aparcoa: Aristocracia colonial chilena; Canto General; 1971; LP1, Lado 2, Corte 9

viernes, 16 de abril de 2021

Sentado sobre los muertos

Sentado sobre los muertos
que se han callado en dos meses,
beso zapatos vacíos
y empuño rabiosamente
la mano del corazón
y el alma que lo mantiene.
2 9 1 7        
   
Que mi voz suba a los montes
y baje a la tierra y truene,
eso pide mi garganta
desde ahora y desde siempre.
1 1 2 1 1    
   
Acércate a mi clamor,
pueblo de mi misma leche,
árbol que con tus raíces
encarcelado me tienes,
que aquí estoy yo para amarte
y estoy para defenderte
con la sangre y con la boca
como dos fusiles fieles.
3 2



4
3 8        
   
Si yo salí de la tierra,
si yo he nacido de un vientre
desdichado y con pobreza,
no fue sino para hacerme
ruiseñor de las desdichas,
eco de la mala suerte,
4         9 2    
y cantar y repetir
a quien escucharme debe
cuanto a penas, cuanto a pobres,
cuanto a tierra se refiere.
            10 3    
   
Ayer amaneció el pueblo
desnudo y sin qué ponerse,
Hambriento y sin qué comer,
y el día de hoy amanece
justamente aborrascado
y sangriento justamente.
En su mano los fusiles
leones quieren volverse
para acabar con las fieras
que lo han sido tantas veces.
                    1
   
Aunque le falten las armas,
pueblo de cien mil poderes,
no desfallezcan tus huesos,
castiga a quien te malhiere
    8         4 2
mientras que te queden puños,
uñas, saliva, y te queden
corazón, entrañas, tripas,
cosas de varón y dientes.
                5 3
Bravo como el viento bravo,
leve como el aire leve,
    6             4
asesina al que asesina,
aborrece al que aborrece
    7         6 5
la paz de tu corazón
y el vientre de tus mujeres.
                7 6
No te hieran por la espalda,
vive cara a cara y muere
con el pecho ante las balas,
            2     7
ancho como las paredes.                     8
   
Canto con la voz de luto,
pueblo de mí, por tus héroes:
tus ansias como las mías,
tus desventuras que tienen
del mismo metal el llanto,
las penas del mismo temple,
y de la misma madera
tu pensamiento y mi frente,
tu corazón y mi sangre,
tu dolor y mis laureles.
Antemuro de la nada
esta vida me parece.
            6        
   
Aquí estoy para vivir
mientras el alma me suene,
y aquí estoy para morir,
cuando la hora me llegue,
5 3 4 3        
en los veneros del pueblo
desde ahora y desde siempre.
6     5 4 8    
Varios tragos es la vida
y un solo trago es la muerte.
7 5 6 5 9    

Miguel Hernández: Viento del pueblo (1937)

Versións:

Enrique Morente: Sentado sobre los muertos; Homenaje flamenco a Miguel Hernández; 1971; Cara A, Corte 1




Los Olimareños: Sentado sobre los muertos; ¡Qué pena!; 1972; Lado A, Corte 5




Mezcla: Sentado sobre los muertos; Canción última; 1978; Cara A, Corte 3




Los Olimareños: Sentado sobre los muertos; ¿No lo conoce a Juan?; 1990; Pista 11

(Reedidión da versión do disco ¡Qué pena!, do ano 1972.)


Lutania: Sentado sobre los muertos; Tierra inventada; 1994; Pista 3




Enrique Morente: Sentado sobre los muertos (romance); Selección: 1997; Pista 7

(Reedición da versión do disco Homenaje flamenco a Miguel Hernández, do ano 1971.)


Lucha sin deskanso: Sentado sobre los muertos; Todo aquello que no soy; 2014; Pista 2




Nimedia: Sentado sobre los muertos; Ante el precipicio; 2019; Pista 3

viernes, 9 de abril de 2021

Las agonías

                    XIV

En Cajamarca empezó la agonía.

El joven Atahualpa, estambre azul,
árbol insigne, escuchó al viento
traer rumor de acero.
Era un confuso
brillo y temblor desde la costa,
un galope increíble
—piafar y poderío—
de hierro y hierro entre la hierba.

Llegaron los adelantados.
El Inca salió de la música
rodeado por los señores.

Las visitas
de otro planeta, sudadas y barbudas,
iban a hacer la reverencia.

El capellán
Valverde, corazón traidor, chacal podrido,
adelanta un extraño objeto, un trozo
de cesto, un fruto
tal vez de aquel planeta
de donde vienen los caballos.
Atahualpa lo toma. No conoce
de qué se trata: no brilla, no suena,
y lo deja caer sonriendo.

«Muerte,
venganza, matad, que os absuelvo»,
grita el chacal de la cruz asesina.
El trueno acude hacia los bandoleros.
Nuestra sangre en su cuna es derramada.
Los príncipes rodean como un coro
al Inca, en la hora agonizante.

Diez mil peruanos caen
bajo cruces y espadas, la sangre
moja las vestiduras de Atahualpa.
Pizarro, el cerdo cruel de Extremadura
hace amarrar los delicados brazos
del Inca. La noche ha descendido
sobre el Perú como una brasa negra.


Pablo Neruda: III. Los Conquistadores. Canto General (1950)

Versións:

Mario Lorca e Aparcoa: Muerte de Atahualpa; Canto General; 1971; LP1, Lado 2, Corte 4

Sensemayá

Canto para matar a una culebra

¡Mayombe-bombe-mayombé!
¡Mayombe-bombe-mayombé!

¡Mayombe-bombe-mayombé!

La culebra tiene los ojos de vidrio;
la culebra viene y se enreda en un palo;
con sus ojos de vidrio, en un palo,
con sus ojos de vidrio.
La culebra camina sin patas;
la culebra se esconde en la yerba;
caminando se esconde en la yerba,
caminando sin patas.

¡Mayombe-bombe-mayombé!
¡Mayombe-bombe-mayombé!
¡Mayombe-bombe-mayombé!

Tú le das con el hacha, y se muere:
¡dale ya!
¡No le des con el pie, que te muerde,
no le des con el pie, que se va!

Sensemayá, la culebra,
sensemayá.
Sensemayá, con sus ojos,
sensemayá.
Sensemayá, con su lengua,
sensemayá.
Sensemayá, con su boca,
sensemayá...


¡La culebra muerta no puede comer;
la culebra muerta no puede silbar;
no puede caminar,
no puede correr!
¡La culebra muerta no puede mirar;
la culebra muerta no puede beber;
no puede respirar,
no puede morder!

Nicolás Guillén: West Indies, Ltd. (1934)

Versións:

Ana Belén: Sensemaya; La paloma de vuelo popular; 1976; Pista 2




Os Resentidos: Sóngoro cosongo*; Fracaso tropical; 1988; Pista 2



*[A versión musical do grupo Os Resentidos alterna éste co poema Canto negro da obra de Nicolás Guillén: Sóngoro cosongo, do ano 1931.]

jueves, 8 de abril de 2021

El chingolo

Sobre la cabeza oscura
el bien peinado copete
pone un gracioso bonete
que realza su figura.
Blanca golilla asegura
rodeando el cuello robusto,
claro el chaleco y muy justo,
un ponchito gris canela
—se le imagina la espuela—
y un tranquito que da gusto.


Sencillo y feliz habita
siempre en un cardo, su amigo,
en donde pone al abrigo
su bien mullida casita;
y sobre una flor marchita
vibra su acento dolido,
y así, del cardo elegido,
pone arriba su canción,
y debajo, al corazón,
lo deja en forma de nido.

Suele a las casas llegar
—por amistad y provecho—
donde se lo ve en acecho
con su trote singular.
En el patio familiar
hurga las sobras de un plato,
pica un pollo, enfrenta un pato,
o esquiva con revuelo
el cascote de un pilluelo
o la embestida de un gato.


Eres el alma del campo
—de nuestro campo querido—
su corazón es tu nido
y su voz más fiel, tu canto;
llora el rocío en tu llanto
cuando abre fría la aurora,
la tarde muriente llora
y solloza en tu garganta,
y hasta el plenilunio canta
en tu canción seductora.

Chingolo: cómo expresar
toda la inmensa ternura
que me inspira tu figura
de pájaro popular...
Cómo podría olvidar
tus ingenuas melodías,
allá, en mis primeros días,
si a tu nombre se levanta
toda mi niñez... y canta
como tú mismo lo harías.


Tu nombre dice fragancia
de trébol, cardo y gramilla,
y guarda tu voz sencilla
todo el sabor de la infancia;
por eso que, a la distancia,
chingolo, alguna vez cuando
como un adiós dulce y blando
llega hasta mi tu canción,
la recoge el corazón...
y la guarda suspirando.


Juan Burghi: Pájaros nuestros (1942)

Versións:

Amalia de la Vega: El chingolo; Poetas nativistas orientales; 1982; Lado 2, Corte5