Un venadillo de México
se me quedó entre las manos,
y con él en las rodillas
y las ropas, ando y viajo.
Está moviéndome el aire
parado, me está mirando.
Está ofreciéndome un agua
oscura bajo sus párpados.
Granizado, punteado,
yo me adormezco contando
las pizcas de su nevada
y sus pestañas.
Venado cortado al aire
a la luz tijereteado
apenas cascos, apenas
hueso; no más sobresalto.
Está avivándome el ritmo
de lo que de él voy contando
y como ahora va yéndose
me voy y corto el recado.
(Ahora ya corro que vuelo
voy que no puedo dejarlo).
26/3/1949
Gabriela Mistral: Inédito. Legado Gabriela Mistral* (2007)
Versións:
Mauricio Redolés: Ritmo de venado; Almácigo; 2008; Pista 2
*[Texto original mecanografiado, con anotaciones holográficas a lápiz carbón; papel con marcas de corchetes; 2h.; 28cm.; Legado Gabriela Mistral, Donación de Doris Atkinson, 2007; BN Código: AE0014842; N° Sistema: 961561; BND id: 141416; Biblioteca Nacional de Chile.]
Mostrando entradas con la etiqueta Mauricio Redolés. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mauricio Redolés. Mostrar todas las entradas
lunes, 16 de diciembre de 2019
martes, 13 de junio de 2017
Epitafio
Apareció un día de tantos
se supone.
Al principio solía beber vino a tragos lentos
en el último bar de aquella playa oscura
pronunciando los nombres de los mariscos
de una manera que llamaba a risa
y cantando confusas baladas que ninguno de los pobres borrachos
entendía.
Después se fue quedando aquí simplemente
sudoroso y rojísimo bajo el sol obstinado
casó con una puta oscura —santa mujer de lástima—
inaugurando una larga vecindad de silencio.
Phillips O’Mannion los ojos y el recuerdo llenos de su Irlanda natal
murió ayer en la calle las manos crispadas junto al pecho
sin pronunciar una palabra
sin alarmar a nadie
como quien paga por la vida poco precio.
Al estarle enterrando se rompieron las cuerdas
y el féretro cayó de golpe saltándose la tosca tapa de pino.
Su compañera —los labios despintados—
le echó el primer puñado de tierra
directamente en el rostro.
Roque Dalton: El turno del ofendido (1962)
Versións:
Mauricio Redolés: Epitafio; Bello barrio; 1987; Cara B, Corte 6
se supone.
Al principio solía beber vino a tragos lentos
en el último bar de aquella playa oscura
pronunciando los nombres de los mariscos
de una manera que llamaba a risa
y cantando confusas baladas que ninguno de los pobres borrachos
entendía.
Después se fue quedando aquí simplemente
sudoroso y rojísimo bajo el sol obstinado
casó con una puta oscura —santa mujer de lástima—
inaugurando una larga vecindad de silencio.
Phillips O’Mannion los ojos y el recuerdo llenos de su Irlanda natal
murió ayer en la calle las manos crispadas junto al pecho
sin pronunciar una palabra
sin alarmar a nadie
como quien paga por la vida poco precio.
Al estarle enterrando se rompieron las cuerdas
y el féretro cayó de golpe saltándose la tosca tapa de pino.
Su compañera —los labios despintados—
le echó el primer puñado de tierra
directamente en el rostro.
Roque Dalton: El turno del ofendido (1962)
Versións:
Mauricio Redolés: Epitafio; Bello barrio; 1987; Cara B, Corte 6
martes, 9 de mayo de 2017
Nada
Era un pobre diablo que siempre venía
cerca de un gran pueblo donde yo vivía;
joven, rubio y flaco, sucio y mal vestido,
siempre cabizbajo... ¡Tal vez un perdido!
Un día de invierno lo encontraron muerto
dentro de un arroyo próximo a mi huerto,
varios cazadores que con sus lebreles
cantando marchaban... Entre sus papeles
no encontraron nada... Los jueces de turno
hicieron preguntas al guardián nocturno:
éste no sabía nada del extinto;
ni el vecino Pérez, ni el vecino Pinto.
Una chica dijo que sería un loco
o algún vagabundo que comía poco,
y un chusco que oía las conversaciones
se tentó de risa... ¡Vaya unos simplones!
Una paletada le echó el panteonero;
luego lió un cigarro, se caló el sombrero
y emprendió la vuelta... Tras la paletada,
nada dijo nada, nadie dijo nada...
Carlos Pezoa Véliz: Alma chilena* (1912)
Versións:
Mauricio Redolés: Nada; Bello barrio; 1987; Cara A, Corte 4
*[Publicado orixinalmente en La Lira Chilena, en 1904.]
cerca de un gran pueblo donde yo vivía;
joven, rubio y flaco, sucio y mal vestido,
siempre cabizbajo... ¡Tal vez un perdido!
Un día de invierno lo encontraron muerto
dentro de un arroyo próximo a mi huerto,
varios cazadores que con sus lebreles
cantando marchaban... Entre sus papeles
no encontraron nada... Los jueces de turno
hicieron preguntas al guardián nocturno:
éste no sabía nada del extinto;
ni el vecino Pérez, ni el vecino Pinto.
Una chica dijo que sería un loco
o algún vagabundo que comía poco,
y un chusco que oía las conversaciones
se tentó de risa... ¡Vaya unos simplones!
Una paletada le echó el panteonero;
luego lió un cigarro, se caló el sombrero
y emprendió la vuelta... Tras la paletada,
nada dijo nada, nadie dijo nada...
Carlos Pezoa Véliz: Alma chilena* (1912)
Versións:
Mauricio Redolés: Nada; Bello barrio; 1987; Cara A, Corte 4
*[Publicado orixinalmente en La Lira Chilena, en 1904.]
Suscribirse a:
Entradas
(
Atom
)


