lunes, 19 de enero de 2026

Verano e invierno

      No encontraba dónde dormir en aquella aldea castellana: no había más que las camas precisas para sus vecinos. Acudí al alcalde, para que él me indicase un refugio, y me dijo que únicamente había uno por ocupar: el calabozo, que me ofrecía con mucho gusto. Le di las gracias y me salí al campo, dispuesto a dormir al pie de un olivo. Corrían los tiempos de junio y se podía dormir en cualquier parte. Pero encontré una era, y la paja es más recomendable al sueño que un tronco. Allí dormí. A las tres del alba, íbamos los tres hombres de la trilla y yo con dos carros para espigas. El más joven y yo, en el carro delantero, hablamos mucho. Supe una vez más lo que vengo sabiendo desde que me conozco: la trágica vida del campesino.
      Antonio tenía un jornal de siete pesetas. Para cobrarlas, trabajaba desde las dos y media o las tres de la mañana, hasta las diez de la noche. Diecinueve horas y media de jornada, dos de taberna y dos y media de mujer y sueño. No se quejaba por tanto trabajo; su deseo, como el de todo buen campesino, era que no le faltara. Pero se indignaba, echaba chispas por los ojos y los puños, comentando las palabras de un político, que había declarado por entonces que la gente del campo tiene para vivir suficientemente con tres pesetas. Pasábamos sobre rastrojos, entre gritos a las mulas, un eclipse, segadores madrugueros. Entramos en unos eriales. Los cardos alcanzaban el vientre de la caballería, que quería huir de los arañazos.
      —Mira —me dijo, señalándome aquellas tierras de maldición—, aquí vendré a labrar cuando se acabe la faena en la era. ¿Tú crees que hay cuerpo que pase por aquí y no salga sangrando? Aquí metería yo al tío ese (se refería al político), descalzo y con arado, a ver que hacía. ¿Qué somos animales, Miguel? Fíjate: gano ahora siete pesetas, pero este filón dura dos meses nada más. Pasará este tiempo y vendrá el invierno y, entonces, ni siete, ni tres pesetas, ni nada. Con un brazo sobre otro a ver caer la nieve y a pasar el día con el mendrugo que le queda a uno del verano, cuando no con un vaso de vino y una patata. ¡Y que esto no falte para los siete que somos de familia!
      El invierno es el verdugo del campo. Sus hombres lo ven llegar con el corazón encogido. Antonio es una de sus víctimas.
      Lo he vuelto a ver en este otoño. Estaba en la taberna con ocho jornaleros más; los nueve, parados. Con el puño en la barba y un cigarro de hojas secas en el labio, esperan ya varios días que alguien entre y diga: «Tengo trabajo para ti». Antonio está más flaco, su voz no es la misma entusiasmada de este verano, sus ojos se han puesto hondos y tristes. El invierno empieza su faena de hambre.

Miguel Hernández: Obras Completas, II: Teatro / Correspondencia* (2010)

Versións:

Francisco Curto: El niño yuntero**; Miguel Hernández; 1976; Cara A, Corte 3



*[Publicado orixinalmente na revista Línea, nº2, Madrid, 15 de noviembre de 1935; páxina 3; Miguel Hernández: Obras Completas, II: Teatro / correspondencia; introducción y notas de Agustín Sánchez Vidal; Editorial Espasa-Calpe, S.A.; Madrid, 2010; ISBN: 8467032626]
**[O recitativo deste fragmento está seguido da versión musical do poema El niño yuntero, da obra de Miguel Hernández: Vientos del pueblo, 1937.]

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